sábado, 29 de octubre de 2016

Señales de vida en marte

A finales del 2015 la NASA anunciaba que se habían encontrado indicios de que hay agua salada fluyendo por las laderas de unas montañas marcianas cuando las temperaturas suben. Pero hay que hacer un apunte: es agua salada en el sentido de que contiene sales pero, aunque este tipo de sales las algunos tipos de bacterias las aprovechan para sobrevivir aquí en la Tierra, son tóxicas para los seres humanos. O sea, que nada que ver con la sal que usamos en la comida o que está en el mar.
De todas maneras, se trata de un descubrimiento importante porque por fin tenemos señales de que existe algún indicio de actividad hidrológica en el planeta rojo. Que haya agua moviéndose por la superficie marciana es una buena señal para la vida… Aunque, pensándolo mejor, el agua que se ha encontrado en Marte tampoco se mueve demasiado.
Fuente: NASA/JPL/University of Arizona
Se habían observado antes lechos de ríos secos, señal de que alguna vez existió agua corriente en el planeta.También sabíamos que existe agua congelada en Marte pero, claro, en estado sólido, el estado menos favorable en el que puede aparecer vida. Explicaba con más detalle la importancia de un agente líquido para la aparición de la vida en esta otra entrada.
El agua fluía por esta parte de la superficie marciana hace 3.800 millones de años. Crédito: ESA.
La cuestión es que ahora tenemos indicios claros de que en Marte sigue fluyendo agua líquida, aunque sea de manera estacional, lo que aumenta las probabilidades de que exista algún tipo de organismo microscópico en el planeta rojo. Pero hubo un tiempo en el que, pese a no contar con evidencias tan sólidas como esta, mucha gente estaba convencida de que en Marte existía vida. No sólo vida: vida inteligente, que es mucho decir.
¿Qué pruebas tenían (o creían tener) ellos que no tenemos nosotros? Vamos a echar un breve vistazo a la historia de la vida que hemos creído encontrar en nuestro planeta vecino.
En 1877, el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli afirmó haber descubierto una red de canales largos y rectos en las regiones ecuatoriales del planeta Marte. La presencia de estas líneas fue confirmada por otros astrónomos y uno de ellos, Percival Lowell, llegó a obsesionarse tanto con la idea que escribió tres libros sobre ellos desde 1895 hasta 1908. En ellos defendía la teoría de que los canales marcianos habían sido construidos por una civilización avanzada en apuros, en un intento desesperado por canalizar el agua de los polos hacia otras regiones cada vez más secas del planeta.
Boceto de los canales marcianos dibujado por Percival Lowell. (Fuente: Yakov Perelman – “Distant Worlds”. St. Petersburg, Soykin printing house, 1914)
Al público le entusiasmó esta idea, por supuesto. Al fin y al cabo, se sabía que el eje de Marte tiene una inclinación similar al nuestro, así que la superficie del planeta experimentaría el paso de las estaciones a lo largo del año. Marte se ve sometido a ciclos de frío y calor diarios porque su día dura más o menos lo mismo que el nuestro y, además, en aquella época se estaban llevando grandes proyectos de ingeniería como los canales de Suez y el de Panamá aquí en la Tierra. No parecía descabellado que una civilización extraterrestre muy avanzada no sólo hubiera utilizado esta técnica mucho antes para solucionar sus problemas de abastecimiento de agua, sino que además la usara a una escala muchísimo mayor de lo que nosotros podríamos soñar.
Pero, por muy atractiva plausible que pareciera la posibilidad para el público, los astrónomos no estaban convencidos en absoluto.
Estos científicos, siempre aguando la fiesta.
Bueno, tenían motivos de sobra para dudar de este “descubrimiento”. El principal era que poca gente era capaz de ver esos canales rectos cuando apuntaban sus telescopios hacia el planeta rojo. Además, cada observador que los veía parecía observar líneas distintas. A juzgar por los mapas que dibujaban y por cuánto variaban entre ellos, cualquiera diría que cada uno de ellos estuviera inventándose sus propios canales. Y eso es, más o menos, lo que estaba ocurriendo.
En 1909, se instaló un telescopio de un metro y medio de diámetro en el observatorio de Mount Wilson. Siendo el más grande del mundo en aquel momento, permitió observar el planeta rojo con una resolución sin precedentes. Gracias a ello, los astrónomos descubrieron estructuras geológicas irregulares, claramente provocadas por la erosión, pero ni rastro de los canales rectos que Lowell había dibujado en sus mapas del planeta rojo.
Curiosamente, al ver que sus canales no eran reales, Lowell apuntó su telescopio hacia Venus, donde también empezó a ver patrones rectos por el planeta. Ahí ya se estaba pasando de la raya: Venus está cubierto permanentemente por una gruesa capa de nubes de ácido sulfúrico, así que no había manera de que existieran estructuras rectas permanentes entre las nubes.
En 2003, un estudio del montaje que utilizaba Lowell para observar el cielo reveló por qué este señor veía canales allá donde apuntara su telescopio: estaba sufriendo un fenómeno que se suele dar cuando se observa el cielo con grandes magnificaciones. El rayo de luz que llegaba hasta su ojo tenía una sección tan pequeña y estaba tan concentrado que proyectaba las sombras de sus propios vasos sanguíneos sobre la retina. Y eran estas sombras finas y alargadas las causantes de que Lowell viera también canales en Venus.
De todas maneras, por si quedaba alguna duda sobre los canales de Marte, la sonda Mariner 9 se colocó en órbita alrededor del planeta en los años 60 y empezó a mandar fotos de su superficie, confirmando que las estructuras tan rectas y perfectas que veía Lowell no habían sido más que una ilusión óptica, ya fuera por la baja resolución del telescopio que utilizaba y que no le permitía distinguir con claridad los accidentes geográficos naturales o por obra de sus retinas engañosas.
Pero otras dos misiones no tripuladas llegarían al planeta rojo a mediados de los años 70 para encender de nuevo la mecha del misterio. Cuando las sondas Viking 1 y Viking 2 empezaron a dar vueltas alrededor de Marte, una de las imágenes que enviaron hacia la Tierra fue esta:
¡Una cara gigantesca asomándose a través de la superficie marciana! Por supuesto, no tardaron en empezar a salir libros que hablaban sobre la cara de Marte y su relación con una civilización inteligente que la habría construido para… Bueno, cada cual se inventaría sus propias razones. Ya sea en forma de artículos, libros o documentales, la cara de Marte se convirtió en un fenómeno muy lucrativo para cualquiera que no tuviera una reputación que arruinar publicando cualquier teoría sin fundamento que le viniera a la cabeza.
Los astrónomos, de nuevo, achacaron esta curiosa formación rocosa a una ilusión óptica. El fenómeno que nos hace ver caras donde no las hay se llama pareidolia, un mecanismo evolutivo que antiguamente nos permitía reconocer expresiones faciales de otras personas o criaturas, permitiéndonos adelantarnos a sus intenciones y, potencialmente, tener más probabilidades de sobrevivir. Hoy en día, con menos peligro a nuestro alrededor, la mayoría utilizamos esta habilidad para interpretar los smileys dibujados con los caracteres de nuestro teclado.
Esta explicación tan aguafiestas tuvo que esperar hasta 2007 ser aceptada por el público más ilusionado con la cara de Marte. Las imágenes mucho más detalladas tomadas por el Mars Reconnaissance Orbiter aquel año revelaron que la cara de Marte no era más que una montaña con unos relieves curiosos que hacían saltar las alarmas a nuestro cerebro igual que cuando alguien encuentra una tostada con la cara de Jesucristo.
Pero mientras exista la pareidolia, allá donde haya un borrón de la cámara, un juego raro de sombras o una piedra con una forma extraña habrá gente dispuesta a afirmar que se trata de una prueba de vida inteligente. No me lo estoy inventando: hay toda una legión de personas que se dedican a mirar las fotos de la superficie marciana que cuelga la NASA buscando señales de vida en ellas. Eso, en sí, no tiene nada de malo. El problema aparece cuando aparece gente afirmando que ha encontrado pruebas irrefutables de la existencia de arañas gigantes, una persona o un casco de la primera guerra mundial.
Pero, bueno, al margen de todo esto, el descubrimiento de agua líquida en Marte acaba de aumentar las probabilidades de que encontremos vida sobre su superficie mucho más que cualquier ilusión óptica.
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Todo el mérito de: fuente

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